¿Qué hace aquí en este apacible escaño de conversador? Digamos que cumple los requisitos requeridos en estas conversaciones, el estrictamente periodístico –la famosa “percha” informativa, en este caso la publicación de un libro, o un tomo más de una obra enciclopédica: de ella hablaremos– y, también, el sentimental, el reencuentro y la evocación de José María Pérez, arquitecto, recuperado en el rescate de senderos vitales, cruces de caminos que se bifurcaron y que vuelven a reencontrarse, amigos, conocidos comunes, territorios biográficos compartidos.
José María Pérez, arquitecto. De la misma promoción en la Escuela de Arquitectura madrileña, la “Promoción 120” –inmortalizada en un curioso librito de caricaturas de todos sus miembros, incluidos los matriculados “libres”–, de aquel “Rat Pack”, aquella gloriosa “Pandilla basura” conocida como Los Monroe –entre otros, Ramiro Martín, Jacinto Pico, Paco Peñaloza, triste, prematuramente desaparecidos estos dos últimos–, acaso el grupo más célebre, juerguista y subversivo de la universidad madrileña de los últimos años sesenta y primeros setenta, con quien este conversador compartió tantas vivencias en torno al rugby, las vigilias interminables, las majestuosas borracheras estudiantiles, incontables veladas de jazz, jam sessions y otros entretenimientos after hours muy mal vistos por el pensamiento políticamente correcto de entonces. José María Pérez, arquitecto.
Señor singular, ya he dicho, de personalidad sin duda poliédrica, de esos seres aproximadamente renacentistas cuya curiosidad les lleva a interesarse con razonable pasión por muchas cosas a la vez. The New York Times se ocupó precisamente en un largo estudio de tal biotipo. José María Pérez, arquitecto.
Fue, también, alma de aquella serie de TVE sobre el arte románico que él dirigió y presentó, que le hizo sin duda popular –aún le saludan por la calle, ese rito inocente de los autógrafos–, recorriendo basílicas, colegiatas, iglesias, monasterios por media España, conventos, catedrales, templos, en la otra media. Su amor y respeto por el Románico trascendía e iba más allá de la comprensible y prevista pasión del arquitecto con corazón por piedras, arbotantes, ménsulas, ábsides o capiteles, al afán enamorado y minucioso del restaurador para preservar construcciones medievales que los siglos habían ido desgastando y derruyendo. El corazón del arquitecto. Quizás sus primeros juegos infantiles, en un grandioso monasterio semiderruido y abandonado, El Convento Caído, el Monasterio Santa María la Real en la palentina Aguilar de Campoo –el olor a trigo tostado de las galletas de la localidad palentina, su segunda patria chica, donde llegó desde la santanderina Cabezón de Liébana–, que andando los años el arquitecto reconstruiría primorosa, amorosamente y, por ello, obtendría el premio a la restauración monumental Europa Nostra, entregado por la Reina Sofía en julio de 1988. Alma y creador de las Escuelas Taller –“he fundado cinco en Senegal”–, de fundaciones, de la Enciclopedia del Románico –libros impecables, de gran formato, papel y encuadernación excelentes (100 razonables euros cada volumen), fotografías de rara calidad, planos detallados de cada monumento, estudios y explicación histórica y arquitectónica de todos y cada uno de ellos. Los tomos números 31 y 32 dedicados a Guadalajara acaban de ver la luz. Es ésta una obra magnífica, que acaso ni siquiera su creador alcance a ver toda su importancia. Porque la primera condición que se requiere para preservar el valiosísimo patrimonio artístico de España es conocer al detalle su existencia. Y José María lo ha logrado, poniendo, no su granito de arena, sino sus grandes y doradas sillerías, con respecto al Románico.
Y un ejemplo formidable, tan cercano a este conversador, el de la colegiata de Santa María de Arbas, en Arbas del Puerto, bellísimo templo románico del siglo XII, de sillería parda y proporciones inusitadamente elegantes y contenidas. En la cúspide del Puerto de Pajares, ese brumoso Machu Pichu astur y aproximada Tierra Media, a un tiro de piedra de Busdongo de Arbas y de la casa donde vi la primera luz. A esta bella colegiata le dedica la Enciclopedia del Románico 17 páginas de textos de honda erudición e investigación arquitectónicas, excelentes fotografías, exactos y minuciosos planos, plantas, alzados, fragmentos, detalles.
Y más, hay otros Pérez en este Pérez, con su peripecia personal entrelazada en tantos ballestrinques biográficos comunes con quien esto firma. De entrada, también nació entre altos riscos y montañas ante los ojos vírgenes y deslumbrados del José María niño, en Cabezón de Liébana, los Picos de Europa, con su orográfico fervor de Himalaya hispano, coronados de nieve. Sus progenitores, gente pobre pero sin duda honrada. Su padre, Froilán, guarda forestal ataviado con el preceptivo fusil mauser –el mismo que utilizaba mi generación, y la anterior de José María, para hacer la instrucción– entregado en depósito por el régimen aquel de Franco para que preservara de furtivos los montes, su madre, Teodosia, devota del Corazón de Jesús. Posteriormente, Froilán abandonaría el mauser de guarda forestal –que acabaría arrojando al río Pisuerga– y se dedicó a obtener cal en un calero, cuando en la España miserable y paupérrima del aislamiento y la autarquía el cemento escaseaba tanto que lo expendían en las joyerías, como la ternera, los títulos de ingeniero de caminos o el jamón serrano. José María describe sencilla y claramente el proceso de obtención de la cal viva, utilizada en tantos menesteres, como la desinfección y, al contacto con el agua, al convertirse en cal apagada, como material de construcción para encalar, hacer morteros o preparar estucos.
La lejana “SP” de Rodrigo Royo –en la que este conversador hizo sus primeras armas periodísticas durante escasos meses, antes de ejercer como corresponsal de la revista en México durante casi dos años–, semanario del que nació el efímero diario del mismo nombre en el que José María Pérez estampó fugazmente su firma durante breve tiempo –por allí también andaba entonces Máximo San Juan–, hasta que decidió interrumpir su colaboración cuando advirtió que alguien cambiaba el contenido de sus fumetti. Y hasta que, cierto día, Juan Luis Cebrián me mostró en la redacción de la magnífica y ya desaparecida revista “Gentleman” una serie de dibujos mínimos, escuetos y lineales, caricaturas “geniales” –fue la palabra que usó Juan Luis, entre risas, para definir aquellas tiras limpias, inocentes, de trazo finísimo e ininterrumpido, sin adherencias gráficas ociosas, como si su autor hubiera trazado las siluetas sin levantar la punta de la plumilla del papel, como la tijera vertiginosa de los habilidosísimos “retratistas” callejeros chinos que en apenas un minuto recortan en una cartulina negra el perfil exacto del turista y ocasional modelo que posa ante ellos.
José María Pérez había dado el primer paso para que su segundo o tercer “Yo” compareciera ante la opinión pública antes de pasar a la posteridad: había nacido Peridis –alguien le motejó así, como evolución fonética de su Pérez y en recuerdo y honor de un jugador de fútbol portugués–, con su bestiario amable y aproximadamente respetuoso, sin la menor concesión a los impulsos feroces, carnívoros, que anima a otros cartoonists. Porque este Peridis es hombre de pactos, acuerdos y sosiegos, tendente a llevarse bien con todo el mundo, conciliador, en el que se advierte esa autosatisfacción discreta de quien se permite tratar con amistosa familiaridad a los poderosos, él mismo lo es, que goza de gran bienestar económico, sin alardes ni pueriles exhibicionismos.
De los humoristas de su periódico, El País, actualmente forma parte de la tripleta de honor junto con Andrés Rábago, El Roto, Ops, etcétera, y Antonio Fraguas, Forges, tan distintos entre sí, tan similares también. Junto al incomprensiblemente postergado Máximo San Juan, Máximo –actualmente en el diario ABC–, acaso víctima de esa despiadada guillotina generacional que alguien ha puesto políticamente en marcha en pos de mentes más vírgenes y menos sobreabundantes y rebosantes de sabiduría, memoria y capacidad de evocación, y por tanto más fácilmente influenciables. Y hasta una efímera estancia en el diario de Miguel Yuste de Gallego & Rey. Distintos y similares. El Roto, un hermético, lacónico Ionesco con lapicero, Forges, todo un clásico ya, popularísimo, más elemental y por ello más eficaz, hasta cuando opera como subagente proveedor de sugerencias para algunos colegas más necesitados de ideas a la hora de enjuiciar la realidad de cada día.
Quiero decir que en Peridis se da esa primera esencia del impulso artístico, afianzado en el doble trazo aristotélico de fondos y formas, y alcanza luego a la pauta marxiana de Luckacs –autoconciencia de la realidad– y al criterio semántico de signos orgánicos que forman toda tentativa artística para otro clásico, Galvano della Volpe.
Su espontánea honestidad intelectual al confesarse seguidor y hasta imitador de Cronos –caricaturista del primer diario Marca, donde comenzó a colaborar desde el primer momento de su fundación, en 1938; seudónimo de Carlos Méndez López, que llegaría a ser subdirector de este legendario periódico deportivo, fallecido en septiembre de 1995, con 82 años–, algunos de cuyos dibujos se parecen como gotas de agua a los de Peridis, aunque carecieran de la carga política que estos en cambio acreditan. De la razón mecánica de los inocentes y descomprometidos trazos de Cronos a la razón dialéctica de José María Pérez –este número de LEER se ocupa precisamente del tercer volumen de las Obras completas de Tierno Galván; una de las más relevantes y conocidas es, sin duda, su Razón mecánica, razón dialéctica–, plasmando sus muchedumbres de apacibles enanos y animalitos bidimensionales –como los minúsculos y asexuados bichitos de Oliphant–, transportando en su seno, habitados por el suave pero inequívoco discurso socialista de este Pigmalion cántabro-palentino. De las inocentes y descomprometidas caricaturas de Cronos, desde el brechtiano trazo formalista como diversión, al discurso y su compromiso, de los calígrafos a los contenidistas de Antonio Gramsci.
Peridis, biógrafo y también autobiógrafo. Ha publicado sus memorias, ingenuas, adorables en ocasiones, razonablemente sinceras, sin duda exudando una cierta autosatisfacción, animadas del mismo espíritu que aquel A good life (Una vida plena) de Ben Bradlee –el formidable editor in chief de The Washington Post que desveló el “caso Watergate”–, que muestra su satisfacción por la obra realizada, los proyectos de casas prefabricadas con estructura de madera –aquella inolvidable secuencia de la construcción del granero en las montañas de Oregon, entre pugnas de labriegos y las cabriolas circenses de Siete novias para siete hermanos mientras alzaban y claveteaban cerchas y techumbres de pino recién talado–, las Escuelas Taller, cientos de operarios y titulados sin trabajo rescatados del desempleo. El cabo Caricaturas (Ediciones Valnera; Cantabria, 2006), marbete inequívoco que sugiera otra historia de la puta mili o, acaso, y en el caso de Peridis, del bendito servicio militar, en su caso en el Ejército del Aire, donde simultaneaba sus servicios a la Patria con las clases de Arquitectura.
José María, recientemente pude asistir a una visita privada, auspiciada por la Fundación de Amigos del Museo del Prado –visita en la que precisamente coincidí con el reciente académico leonés José María Merino y su mujer, M. Carmen–, a la grandiosa exposición de Maíno…
Pues sí, es un grandísimo pintor, y por cierto bastante desconocido entre nosotros. Mi mujer, Leticia, es la comisaria de la exposición. Y hablando del Museo del Prado, hay un nuevo proyecto, como se sabe, para el Paseo del Prado y toda la zona del por otra parte importante arquitecto portugués Alvaro Siza, que no sé si me satis mucho. Meten los coches por donde están los árboles y los pasos por donde están los coches. Es darle la vuelta a todo. En fin, ya veremos.
En tu autobiografía he visto que tu afición al dibujo es ciertamente muy temprana, cuando estás en tus primeros estudios…
Sí, ciertamente. Sobre mis estudios, hice por supuesto el Bachillerato. Después había que hacer el famoso PREU, después el Selectivo de Ciencias, y el ingreso en la Escuela de Arquitectura, que era duro, tardabas dos o tres años. Casi nadie entraba en la Escuela a edad temprana, tras finalizar el Bachillerato y el Selectivo. Aún conservo las fichas de toda mi promoción, he hecho un montaje con las caricaturas de cada uno de mis compañeros en un libro. Mi promoción era la 121 pero me pasé a la 120. Todos mis compañeros me conocían por las caricaturas.
Y si te refieres al dibujo en Arquitectura, en el Bachillerato, en la escuela, en la mili, donde la gran cantidad de tiempo libre –y no podía acudir muchas veces a las clases– me permitió, como se recoge en mi biografía, practicar constantemente con retratos del natural, caricaturas, dibujos, etc. Conseguí soltura a base de practicar con la gran cantidad de modelos que se me brindaban. Y allí en la mili pasé precisamente a ser El cabo Caricaturas. Iba a la escuela y escondía en algún lugar el correaje de soldado. Pude hacer la carrera en cuatro años. El tercer año era una especie de curso maría, más fácil. Y en segundo curso alguien comenzó a llamarme Peridis, porque había un futbolista llamado así en la selección portuguesa. La verdad es que siempre me han puesto apodos. Y en los maristas de Palencia me llamaban Di Stéfano. En el internado no dejaban oír la radio. Yo sí la podía oír y los alumnos internos siempre me preguntaban por los resultados, si había ganado el Madrid, que ganaba casi siempre, ¡y me obligaban a que les radiara a posteriori el partido entero!
Supongo que todo te resulta familiar, porque venir de un pueblo de la montaña a la ciudad a buscarse la vida, como es mi caso y el tuyo, es una cosa muy de nuestra generación, que es muy autodidacta. Conocemos las nevadas, hemos ido a los frailes, hemos venido a Madrid con nada puesto, o con muy poco. O en un camión de galletas, como yo, desde Aguilar de Campoo.
Un pequeño salto, si me permites, José María. Vayamos a la monumental y grandiosa Enciclopedia del Románico que no conocía, y sin duda me ha impresionado su calidad en todos los sentidos, el amor hacia los monumentos… El texto, las fotografías y planos de Santa María de Arbas, la bellísima colegiata al lado de mi pueblo, en pleno alto del Puerto de Pajares…
Muchas gracias. Al final de año habremos editado unos cuarenta tomos de la Enciclopedia y nos queda Cataluña, Huesca, Teruel, Lugo… Muchos lugares todavía.
El Románico es sin duda un arte que está muy jodido. Sus monumentos han sufrido una doble agresión: los indianos por un lado y la Guerra Civil por otro. En la guerra se quemaron muchas iglesias y conventos y los indianos por su parte, al regresar de América con dinero, hacían iglesias al gusto del consumidor, sobre los cimientos de templos románicos y utilizando sus piedras, capiteles y sillares.
De la Enciclopedia del Románico, de su treintena de volúmenes, se han vendido ya 70.000 ejemplares. En Castilla, por ejemplo, ha arrasado. Se pueden comprar también los volúmenes sueltos y se pueden encontrar en las principales bibliotecas del mundo. Pronto volcaremos toda la obra completa en Internet, para que pueda ser consultada gratuitamente.
En la obra han trabajado 500 titulados en paro. Al principio hubo reticencias por parte de la Junta de Castilla y León, pero ahora estamos restaurando 50 iglesias románicas. Nuestra Fundación tiene 140 empleados trabajando, titulados la mayor parte, arquitectos, aparejadores, historiadores.
Todo sale de una asociación cultural que fundamos en 1977 para recuperar el Monasterio de Santa María la Real de Aguilar de Campoo. Ahora es instituto, universidad de verano, posada, museo románico.
(Antes, lo confiesa él mismo, todo eran reticencias. Peridis, socialista, amigo de Felipe González, dibujante de El País, etcétera, algo que dificultaba su tarea en territorios gobernados por la derecha, aunque, paradójicamente, se tratara, como en este caso, de rescatar, rehabilitar y restaurar templos, románicos sobre todo. Todo parece haber cambiado con el actual presidente de la Junta, Juan Vicente Herrera, sobre todo a partir de sus óptimas relaciones políticas con el Gobierno Zapatero…).
¿Y tu vocación de arquitecto?
Mi padre tenía un calero, canteras de piedra caliza, vendía cal y yeso. Antes había sido guarda forestal. Vivíamos en Aguilar de Campoo desde 1944, donde llegamos desde Liébana. Le gustaban las minas y abrió aquel calero. Arriba estaban las ruinas del Monasterio de Santa María la Real de Aguilar de Campoo. Y el mejor juguete que puede tener un niño son unas ruinas enormes, con un manantial, cangrejos, ranas, culebrillas, zarzamoras, frambuesas, los sepulcros abiertos y las bóvedas cayéndose, con los hortelanos de la zona por vecinos.
(Peridis hace en su autobiografía una detallada descripción del proceso de obtención de la cal viva a partir de la combustión de la piedra caliza, que su padre vendía posteriormente para su uso en construcción.
También, este hombre parece unido a eso que se llama el humor negro, una línea humorística que parece invisiblemente asociada a Peridis y no sólo por sus colegas y amigos, algunos de ellos verdaderos virtuosos de esa variante oscura, tenebrosa, de la risa. En 1995, al fallecer el gran humorista y dibujante catalán Jaime Perich, las similitudes fonéticas de su apellido con el seudónimo de José María hicieron que las monjas carmelitas de Plasencia –para las que había construido un nuevo convento de clausura– le confundieran con Peridis y encargaran una misa funeral que se ofició en su nombre, que Dios le tenga en su Gloria.
Humor blanco, negro, gris marengo. El desaparecido Manuel Vázquez Montalbán, en su exitosa Crónica sentimental de España –claramente inspirada y a imitación de los escritos publicados años antes en Italia sobre apocalípticos e integrados del semiólogo Umberto Eco–, que apareció en entregas semanales en la revista “Triunfo” en las primeras estribaciones de la Transición, considera que el cómic hispano Pulgarcito era la crónica más veraz y fidedigna de la España hambrienta y tercermundista de los cincuenta y sesenta, en el cenit de la dictadura franquista. Así, personajes como El reporter Tribulete, los mendigos de Cifré, las hermanas Gilda, Zipi y Zape y, sobre todo, Carpanta, de Escobar –con su cuello de hule, tan impecablemente vestido dentro de su miseria digna y orgullosa, acaso trasunto de la elegancia harapienta del atildado mendigo creado por Chaplin–, con su hambre metafísica y los pollos asados de sus sueños más inalcanzables, constituían la crónica más fiel de la España de entonces, anestesiada por una prensa dócil y controlada por la censura de hierro de la dictadura).
¿Y cómo llegas al dibujo de humor, a la caricatura?
La caricatura me gustaba ya desde niño, desde los 10 o los 11 años de edad. Y, sin duda, Cronos fue uno de mis modelos a imitar, quizás el principal. Me gustaban sus dibujos como hechos con alambre. Y contemplar cómo la línea escueta podía expresar el carácter del caricaturizado. Era captar la esencia interior de la persona y retratarla con dos simples trazos, un poco a la manera de Carlitos, del Snoopy de Schultz. Me encantaban también los tebeos españoles, sobre todo Carpanta, por lo del pollo y el hambre de la posguerra. También leía otros tebeos, como El guerrero del Antifaz, Roberto Alcázar y Pedrín, el Cachorro o El capitán Trueno.
Y, para adquirirlos –no conocía esa fórmula de tu infancia, que alquilabas el tebeo de turno por cinco céntimos para leerlo en el quiosco cuando salía cada semana–, sableaba a los amigos con más dinero o ahorraba. Compraba sobre todo, siempre que podía, el Marca, para ver los dibujos de Cronos. Una vez me escribió una carta cariñosa, porque yo siempre le llamaba “mi maestro”. El gran maestro Cronos. En realidad, Cronos era el auténtico heredero del modernismo. Porque, en la caricatura, muy en síntesis, hay dos escuelas: la del retrato, la de la caricatura exagerada de Ortuño o Santaella –y hoy muchos otros cultivadores–, que exageran un rasgo determinado del rostro en cuestión, y la escuela de Bagaría y otros, que son capaces de dibujar la caricatura de un rostro sin levantar la mano ni la pluma del papel. Y esta modalidad es la que me fascinó.
El humor tiene una cosa fantástica. Tenemos unos orígenes tan extraordinarios –aunque en algunos casos se trate de pintores, creadores muy distintos de los humoristas gráficos–, como Velázquez, Goya, Solana, Tono, Mihura, Herreros… Todos beben de esa fuente goyesca y de la picaresca. Me parecen más frescos que los de la prensa anglosajona. La generación de posguerra, sobre todo la de los años sesenta, es gente con mucho talento.
Mingote es como el continuador del costumbrismo elegante, liberal e inteligente. Es como el padre de todos nosotros. Es un prodigio de modernidad y, además, como persona es todo un señor. Chummy era un genio del humor negro. O El Roto, que le ha heredado. Máximo también es buenísimo y ha sufrido mucho con su salida de El País. Su trayectoria personal y profesional es intachable y domina como nadie el humor social.
¿Martinmorales?
Dibuja como es. Es un hombre muy espontáneo. Y eficaz, aunque le falten a veces matices. No te puedes caer del caballo cada cinco años porque sumes a la gente en el desconcierto.
¿Forges, Gallego & Rey?
Forges es un fenómeno muy español. Su dibujo es también muy eficaz. Y G&R introdujeron algo en España que en un principio me costó entender: que en las viñetas, en las tiras cómicas, hubiera un dibujante y un guionista. Pero han triunfado con su humor directo, espontáneo y eficaz.
(Incluso, últimamente, también parece que le inspiro yo, al ver alguno de sus fumettis en inglés –quizás a sugerencia de Cebrián– en mi condición de pionero, por haber sido el primer columnista en utilizar textos y expresiones en la lengua de Shakespeare desde hace más de once años).
¿Y cómo puedes conciliar universos tan disímiles, dibujo, caricatura, arquitectura?
Yo he procurado vivir varias vidas a la vez, que las distintas actividades se solapen y complementen unas con otras. La ta de dibujante, de caricaturista, la Enciclopedia del Románico, la intervención en la sociedad de mi tiempo, en mi caso a través de la Fundación Santa María la Real de Aguilar de Campoo… El mundo habitado de las ciudades lo hacen los arquitectos y los ingenieros, y el siglo XX, el nuestro en buena medida, ha sido el siglo de las ciudades.
Creo que hemos olvidado la tradición, porque la modernidad es fundamentalmente el uso de las nuevas tecnologías, pero no para hacer ostentación sino como recurso para ahorrar esfuerzos, energías, pero los materiales tradicionales siguen siendo fundamentales. El Románico, por ejemplo, es muy gratificante, nos enseña a ver, a vivir. Contiene en su seno todo lo sagrado y lo profano de la vida. Es una fuente interesantísima de disfrute, estudio y conocimiento.
Regresemos de nuevo a la Prensa. Llegas al diario Informaciones de Jesús de la Serna y Juan Luis Cebrián…
Antes había publicado en SP durante un mes (el diario SP, periódico breve y efímero, el primero impreso en color y en offset en España, creado por Rodrigo Royo, fundador también de la revista “SP”). Allí estaba el hermano de un compañero mío que se llamaba Manolo Velasco (Manuel Velasco, que fuera redactor jefe de la revista “SP”, efímero director de “Cambio 16” y posteriormente delegado en Estados Unidos, en Nueva York, de la Agencia EFE, entre otros cargos).
Rodrigo, como recordarás, además de dar trabajo a todo el rojerío periodístico de la época, desde Garci a Vicente Botín o al malogrado dirigente comunista juvenil José Luis Herrero, era un hombre muy cosmopolita, que se contagió del clima de libertad de Nueva York, tras casi diez años de corresponsal en las Naciones Unidas… “El único falangista que conozco que habla inglés”, según la jocosa definición de Pepe Mario Armero. Se convertiría en el hombre de confianza de José Antonio Girón de Velasco, líder “natural” de los falangistas, el del “gironazo”, aquel estrambótico y reaccionario “golpe de timón”, cuando la Transición no había comenzado aún…
En el diario SP sólo permanecí un mes. Rodrigo Royo me cambiaba los pies de los dibujos y además, en una ocasión, se declaró fascista, o falangista. Posteriormente también trabajé de delineante en una empresa y acabé Arquitectura en 1969.
Tuve entonces a mi hija Marta, que moriría hace unos años víctima de un cáncer fulminante, terrible, que era ingeniero técnico de montes. A partir de su epistolario preparo un libro sobre ella.
Y entré en el Informaciones de Juan Luis Cebrián (subdirector) y Jesús de la Serna (director). Luego leí que iba a salir un periódico y pensé que iba a ser el mío: El País.
¿Eres creyente? ¿O ateo, agnóstico, agnóstico respetuoso? ¿Cómo se definiría alguien dedicado con tanto amor a preservar templos centenarios, milenarios incluso?
Digamos que soy agnóstico respetuoso. Respeto a la gente que cree aunque yo tenga mi propio mundo interior.
Eres, somos, testigos relevantes y hasta protagonistas de la Transición…
(¿Hemos llegado al vientre del arquitecto tras detenernos en su corazón? José María piensa en el gigantesco y evidente salto que ha dado España con la llegada de la democracia, desde la alpargata tercermundista hasta el país moderno que hoy es. Acaso en otra ocasión, con más tiempo y espacio, podamos suplementar con una nueva plática la visión economicista y “arquitectónica” del progreso de España, con el comentario sobre las lagunas, deficiencias y déficits democráticos en lo tocante a libertades y respeto –o falta de respeto– a los Derechos Humanos en nuestro país. Acaso echo en falta en José María ciertas dosis de análisis democrático y autocrítico que vayan algo más allá que los “bledines” políticos embotellados para consumo de militantes dóciles. Autopistas, infraestructuras, indicadores económicos –en el franquismo España llegó a crecer casi diez puntos cada año– no son suficientes si no se cuenta con sólidas bases de praxis y experiencia democráticas en la ciudadanía que imposibiliten o dificulten al menos todas esas prácticas totalitarias ocultas tras el quebranto de las leyes y las normas, los Derechos Humanos, desde los teléfonos impunemente intervenidos a los casos de corrupción).
Los que hemos tenido la suerte de ser testigos y protagonistas del proceso de la Transición como nosotros, como tú, como yo, hemos vivido una época maravillosa que ha supuesto la modernización de España, y lo que vivimos ahora es una normalización de España que se ha convertido en un país más aburrido, donde hay cotilleos, pero que ha dado un gran salto en infraestructuras. El tipo de catolicismo que tuvimos ha sido un freno.
Hay tres períodos fundamentales en nuestra Historia. La época de los Austrias; la Ilustración con Floridablanca, Carlos III, Jovellanos, cuando se intentó que España sacara lo mejor de ella; y luego está la Transición, que supone la reconciliación de España, la convivencia de lo laico con la creencia, hay un acuerdo que es la democracia, es un Estado aconfesional pero con Concordato, es una monarquía constituyente y una generación que no ha vivido la guerra la que toma el mando a todos los niveles.
Pero los avatares políticos son anecdóticos porque el fondo de la cuestión es la normalización de España y el papel que juegan los jefes de Gobierno y los Gobiernos.
Aunque yo creo que el poder enloquece. A todos, desde banqueros a políticos. Una cosa que a mí me ha ayudado mucho en este sentido es la Fundación. Ha supuesto para mí una gran cura de humildad, de esperas, de pedir, de tratar con mucha gente, y me ha dado un gran sentido de la realidad y me ha hecho conocer otra España distinta. Vas viendo la otra España que también hemos hecho… Pero también hay que dejar claro que el Estado puede ayudar pero no lo puede hacer todo. La vida la tiene que dar la gente. Y también creo que los que hemos recibido reconocimientos y apoyos sociales y económicos estamos en deuda con la sociedad. Pero sobre todo dedicando lo más valioso que tenemos, que es el tiempo.
Tu amigo Felipe González…
No lo sé. Lo que veo es que no se le saca partido ni aquí ni en Europa. El siempre dice que los ex presidentes de Gobierno son como las porcelanas chinas, que pueden ser muy valiosas pero que nadie sabe qué hacer con ellas.
Acaso él lo sabe. |